#Hablamos?

IMG_7144Llevo varías semanas fuera de España y con un acceso a internet intermitente, lo que me hace  estar siguiendo a saltos los acontecimientos relacionados con el proceso de independencia de Cataluña. Como sabréis por mi posición política (demócrata radical de izquierdas) estoy a favor del derecho a decidir y me parece que la única forma de mantener la convivencia entre los pueblos de España es mediante el reconocimiento del derecho a la autodeterminación que, dado el conflicto que se ha planteado en Cataluña, solo puede ser resuelto democrática y pacíficamente mediante un referéndum pactado. No quiero que Cataluña se vaya, pero tampoco que se quede a la fuerza. Creo que lo que necesitamos urgentemente (por esta y otras muchas cosas para mí más importantes) es una nueva Constitución que renueve el marco de convivencia y termine de democratizar un régimen cuya Transición democrática, a pesar de sus muchos logros, estuvo desde el principio coartada por las amenazas de los poderes fácticos de la Dictadura y el recuerdo de una terrible guerra civil.

Aclaro mi postura de partida no para entrar en más polémicas con quienes tenéis otra diferente sino porque estoy preocupado por el clima de enfrentamiento y hostilidad que se está creando no solo entre políticos y gobiernos, sino entre la ciudadanía cuyas voluntades supuestamente representan. Lo que desde la distancia estoy viendo en las redes (especialmente en facebook que es la más social de todas) es para preocuparse no solo por el nivel de los argumentos o la manipulación de las evidencias, sino por la cerrazón y el odio que transpiran. Por fortuna junto a las imprecaciones energúmenas y los bloqueos defensivos hay también alguna iniciativa que plantea el dialogo desde una y otra orilla.

La plataforma ciudadana #Hablamos/Parlem convoca a la ciudadanía a las 12:00h de este sábado 7 de octubre a manifestar frente a la puerta de los ayuntamientos su compromiso con la paz y su apuesta por el diálogo con concentraciones frente los ayuntamientos enarbolando banderas, colocando pancartas o vistiendo ropas blancas. Recuperando algo del espíritu del 15M con un lema como “Un país mejor que sus gobernantes”, denuncia la irresponsabilidad de unos dirigentes que ni escuchan ni hablan y apuesta por el diálogo, el respeto y el entendimiento: <<La convivencia se genera hablando y las leyes sirven a ese diálogo. No pueden usarse como obstáculo ni, menos aún para engendrar un conflicto civil. Tenemos que decir basta ya a esta espiral, frenar, sentarnos y pensar nuestro país. Es mediante la escucha y el diálogo  como se alcanza los pactos sociales sólidos y duraderos>>. Espero que la iniciativa tenga éxito y el 7 de Octubre seamos muchos los que manifestemos nuestro apoyo.

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Pero para que #Hablemos/Parlem no se quede en un mero gesto, necesitamos plantearnos y respondernos algunas preguntas: ¿Quienes hablaremos? ¿Cómo la haremos? ¿Cuales son los temas? Las respuestas a estas interrogantes no están claras y son quizás las primeras que hay que plantearse entre quienes queramos participar en esta iniciativa. No me gusta que la convocatoria se haya hecho “frente” a los ayuntamientos, sin aprovechar los aprendizajes (y los fracasos) del “toma la plaza”. Siento que hay que encontrar nuevas formas de diálogo que nos permita profundizar y ampliar la base del consenso, así como concretar objetivos y resultados para que además de una nueva explosión de conciencia colectiva cívica, como la que necesitamos para abordar este reto, se traduzca en cambios reales y genere la ciudadanía como sujeto colectivo realmente existente.

Cada cual tiene que buscar el ámbito personal y político en el que pueda concretar esta iniciativa de hablar sobre el país que queremos. Pueden ser espacios ideológicos, sociales o comunitarios, pero tienen que ser diversos y plurales, transversales, si queremos que tenga la potencia necesaria para un proceso constituyente como el que se plantea en esta iniciativa porque en el fondo realmente necesitamos.

Personalmente creo la familia extensa es uno de los espacio donde mejor se puede hacer esto. En nuestras sociedades, las familias siguen siendo transversales debido a su tamaño y fortaleza. Para señalar la atrocidad de la guerra civil española, se suele decir que fue fratricida, olvidando a veces que el enfrentamiento fue más de clase e ideológico que territorial y tribal. Pero viendo estos días la forma en que se está concretando el clima de conflicto, imagino cómo el enfrentamiento fue minando comunidades (familias, vecinos, amigos) haciendo primero que se dejara de hablar, cada cual buscara su bando y terminara defendiendo su facción con argumentarios e insultos prestados. Quizás sea el momento de recuperar la idea de que enterradas en las cunetas de la memoria histórica del conflicto, también están los muchos gestos humanitarios que en uno y otro bando protegieron y salvaron vidas de vecinos, amigos y familiares. 

En el chat de mis primos, por ejemplo, hemos dejado de hablar porque estos tema nos dividen y confrontan. Cada cual pone en el Facebook sus mensajes sin pensar ya que pueden molestar a alguno del resto. No se trata de negar esta pluralidad, por más que a veces hayan excesos, sino de plantearse desde ella si queremos dedicarle la energía, la paciencia y el cariño para que estas diferencias sean gratificantes y productivas. Aunque lo preferible fuera hacerlo en una tradicional comida familiar, plantearnos qué y cómo queremos debatir también se puede intentar en los chats de redes personales que han proliferado con WhatsApp.

En cualquier caso el diálogo ha de ser con algunas reglas que permitan que la comunicación sea posible y sana. Las normas están para facilitar la convivencia y (como insistimos lxs “pregresistas”) se deben cambiar cuando no lo hacen, pero (como dicen lxs conservadores) sin normas no hay convivencia. La primera de ellas es el respeto de la condición de sujeto del resto. Para dialogar no se puede negar la palabra al resto: no se puede callar ni tergiversar lo que dice, algo que no impide el desacuerdo y la crítica. Cuando se quiere saber la opinión de alguien se le pregunta y, llegado el caso, se le critica, pero si se quiere mantener un dialogo de verdad, no se puede pretender decirle lo que piensa ni hacerle la autocrítica. La segunda es asumir que nadie lleva La Razón, sino que cada cual tiene sus razones. El objetivo no es imponer ninguna como verdadera sino lograr que convivan de la mejor manera posible. Pero la principal norma que tiene que guiar un dialogo como éste, es la escucha. Sin escucha reproduciremos el dialogo de sordos que en estos momentos hay entre nuestros representantes políticos. La escucha como muestra de respeto a la palabra de los demás, pero también como muestra del interés por comprender sus razones, aunque no se compartan. 

Seguro que a mis amigos del Crac y compañeros de Educación para la Participación, a los expertos en tecnopolítica, a los activistas de los movimientos sociales (especialmente los feminismos que ofrece una forma de poder no competitivo), a cualquier persona dispuesta a ejercer su voluntad política, se nos ocurre más ideas para ayudar a que este dialogo cívico sirva para desarrollar la inteligencia colectiva que necesitamos para evitar el desastre en que nos estamos metiendo. Estaría bonito pensar en un proceso constituyente que culminara en la celebración del próximo 15M. Merece la pena intentarlo.

Parlem?

Hilario Sáez Méndez

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Adiós a Zafira

El pasado martes 27 de julio murió Zafira, la gata que mi madre le regaló a mi hija Elia un verano de hace 18 años en el que pasaron todo un mes juntas. Su cartilla decía que había nacido el 15 de junio y que era una gata persa negra con una mancha blanca en pecho. Tenía pocas semanas y mi madre hizo una bolsita de croché en la que Elia la paseaba colgada del pecho como si fuera un porteo. Ese año Elia estaba coleccionando minerales y le puso de nombre Zafira porque decía que era preciosa.

Zafira se quedó a vivir con mi madre y se convirtió en un lazo de unión entre ellas. Cada vez que íbamos a verla la bañaban juntas, algo que Zafira llevaba con una paciencia y una conformidad que mostraba en pocas ocasiones. Nunca fue una gata especialmente sociable o cariñosa, sobre todo con los niños de quienes huía como la peste en cuanto les oía. Elia decía que Zafira echaba de menos a su madre y tenía que dormir en la cama.

Lo hizo durante doce años a los pies de la cama de mi madre en las tres casas en que vivió, primero en Murcia y después en el Puerto Mazarrón. Ahora me doy cuenta que nunca me preocupé de cómo se apañaba mi madre para transportarla los fines de semana o dejarla cuando se iba de viaje. Solo recuerdo cómo me irritaba cuando ante mi insistencia para que se viniera a pasar una temporada a casa me terminaba diciendo que no podía dejarla tanto tiempo sola. Tampoco la comprendía cuando me contaba cómo la recibía maullando cada noche cuando regresaba a casa, que celebrara tanto que le contestara moviendo levemente la cola cuando la llamaba o que le tuviera todo un bufet de recipientes con comidas entre los que que incluía un platito con huevas de melva. Supongo que yo sentía celos porque Zafira cubría la compañía que yo no le daba.

Cuando mi madre cayó enferma su primera preocupación fue qué pasaría con Zafira. También fue la última. Fue de las pocas conversaciones explícitas que tuvimos sobre su muerte y todavía me apena no haber sabido apreciar la importancia que para ella tenía este tema. Pero en los dos años que estuvimos compartiendo la enfermedad (quizás los más ricos e intensos de nuestra convivencia) fui descubriendo la intima relación que había entre ellas viéndolas intercambiar caricias e irse juntas cada noche a la cama. Poco a poco aprendí a entrar en su mundo sutil y delicado, a respetar las costumbres y manías de una y otra, a esperar que por las noches cuando la casa se quedaba tranquila se acercara poco a poco a la mecedora en que fui sustituyendo a mi madre para ofrecerme la cabeza en la que hacerle alguna caricia mientras que ella me las devolvía con unos pocos lametones de su rasposa lengua o incluso con alguno de los pequeños maullidos con los que me consoló en los momento más duros, como si mi madre también hubiera hablado con ella y se lo hubiera pedido. 

La semana después de la muerte de mi madre la pasamos juntas y solas, mientras cerraba sus asuntos y preparaba nuestra marcha. Eché la comida, la caja con tierra donde hacía sus necesidades y le compré un transportín más grande que el diminuto en el que había llegado a casa. En el veterinario me dieron una pastilla para dormirla por si se ponía nerviosa y, montados en el pequeño utilitario de mi madre, emprendimos camino a su nueva casa. Fueron 600 km en los que no paró ni un momento de maullar quejándose y yo de decir su nombre para tranquilizarla sin recurrir a la química. Al llegar le puse la comida en la cocina, la arena en el baño y cerré todas las puertas y ventanas para evitar que saliera huyendo como temía que pasara. Imaginarla perdida por las calles o atropellada por un coche era para mí una pesadilla. Pero Zafira salió de la caja precavida y curiosa, exploró el terreno, comió algo, fue al baño y se metió en un rincón debajo de una mesa de camilla entre los sofás en los que nos tumbamos Lourdes y yo. Allí estuvo los primeros días en que solo salía un momento para comer e ir al baño, pero poco a poco se empezó a dejar acariciar por Lourdes que, después de mi hija Elia y mi madre Ana, se convirtió en su nueva dueña.

 La adaptación de Zafira a su nueva casa y familia fue prodigiosa. En poco tiempo no sólo se sabía los mejores sitios y rincones de la casa, sino que había construido todo una serie de nuevas rutinas domésticas que le organizaban el día. Por la mañana me esperaba impaciente para bajar a la cocina y a que le abriera la puerta del jardín para salir a darse su vuelta matutina en la iba recorriendo todo su perímetro, oliendo rincones y macetas en los que otros gatos habían dejado su rastro. Después de pasar revista a su nuevo reino volvía atravesando el césped pisándolo como si aquel manto verde tan extraño para una gata murciana fuera a hundirse bajo sus pies. Los últimos metros solía cubrirlos a la carrera, dando saltos como perseguida por los diablos, corriendo escaleras arribas para refugiarse en el chillout que inmediatamente hizo suyo, hasta el punto que había que compartir el mejor sol de la tarde con ella.

Desde el principio mostró su preferencia por instalarse en el límite del contacto con los humanos. Presente pero distante. Además de la rutina matutina, incorporó a nuestros hábitos que bajara a pedir su comida justo cuando yo había terminado de poner las bandejas con la nuestra. Por las noches, se hacía un ovillo sobre un puf con alfombra blanca de oveja de lana en la esquina del salón, para dormirse los programas de la televisión junto a Lourdes y yo. Pero Lourdes no estaba dispuesta a dejarla tan tranquila y se inventó un juguete con una serpiente de trapo y un hilo de coser con el que la enseñó a jugar como si fuera una cachorra. Se apostaba detrás de los sillones, después darse una vuelta torera esperando que le tirara el juguete, saltaba como una felina para darle manotazos nerviosos y pillarla entre sus garras. 

Poco a poco Zafira fue dejándose seducir por Lourdes que empezó a poder peinarla para prevenir las rastas que se le formaban y llegó a cortarle, una a una, todas las uñas. Se mostraba más sociable y bajaba a comer o incluso a pasear por el patio aunque hubiera invitados. Los más habituales empezaron a reconocerla como una más de la familia y nosotros a hablar con ella como si fuera un miembro principal del hogar. Empezó a hablarnos con maullidos de atención cuando quería al y de reprobación cuando no la entendíamos o tardábamos en hacer lo que nos pidiera. Nos esperaba maullando de alegría y enfado los fines de semana que nos íbamos a Rota. Dudaba sobre en cuál de los sofás subirse hasta decidirse por uno de los dos o por ninguno, a pesar de nuestra insistencia y decepción. 

Su presencia me recordaba continuamente a mi madre. Hablaba con ella como si lo fuera. “Pasá ya mamá, que tengo que cerrar la puerta” le decía mientras me miraba con los expresivos ojos de mi madre después de que la radioterapia la dejara afónica. Comprendí el regalo que suponía poder seguir sintiendo la presencia de mi madre a través de ella y también que el precio sería tener que volver a despedirme, como estoy haciendo ahora.

Afortunadamente hemos podido disfrutar muchos años de su compañía y la hemos podido compartir con nuestras amistades que nos han ayudado a cuidarla, sobre todo en verano cuando nos íbamos al barco (Reyes primero; Abel, Sonia y Paco después. Gracias de corazón). Zafira se ha mantenido aparentemente sana, ágil y feliz hasta las últimas semanas. Como era natural con la edad ha ido perdiendo facultades y cada vez estando más dormilona. En el último año había perdido peso pero en la última revisión la veterinaria la encontró bien y totalmente repuesta de una inflamación de encías que había tenido. Hasta casi el final pudo seguir saltando por la venta

Hace poco le salió un bulto en el costado izquierdo. Parecía de grasa y no molestarle, pero le crecía, cada vez se movía menos, comía poco y no iba al baño. En la última semana antes de tener que irme, empezó a mostrar signos de estar cada vez más débil y parada. Parecía el final, pero no se sabía cuándo. Buscó un rincón de tierra en el jardín y se sentó a esperar, sin a penas fuerzas ya para apartarse del riego cuando saltaba. La última vez que la vi estaba debajo del banco de la sala de Lourdes en el que se refugiaba cuando la metíamos por la noche en casa. Nos miramos desde lejos. La llamé por su nombre familar: “Zafi!” Y movió levemente la cola de despedida.

Le tocó a Lourdes acompañarla en la ida. Lourdes que se convirtió en la dueña de la gata de mi madre y mi hija, la acogió como si fueran ellas y le dio una nueva vida. Mi agradecimiento más profundo por asumir una decisión que a mi me costaba mucho enfrentar. Zafira descansa ya en su lugar escogido del jardín de su último hogar y estará siempre cerca de nuestro corazón. 

A mi me pilló lejos en medio de una tormenta en una nueva travesía por el Mediterráneo. Esa noche había soñado con ella. Me enteré un día después y lloré su muerte y todo lo que tenía pendiente de la de mi madre. Sostenido por el abrazo de mi amigo Sergi (que es como mi padre marino) sentí que una vez más la vida habían cuidado de que me fuera lo más fácil posible un trance que me es familiar desde los ocho años. Como sentí que mi madre esperó a que terminara mis compromisos de Octubre y a que me diera tiempo a estar con ella para evitarme la mala conciencia de no haberme podido despedir, siento que Zafira esperó a que me fuera a navegar para evitarme el dolor de despedirme de una forma que se me hubiera hecho muy dura. 

Dice Antonio Muñoz Molina al final de Ardor Guerrero, la novela que me estaba terminando cuando me enteré de la muerte de Zafira que “Hay una tiniebla de deslealtad y de vacío en el tiempo que uno tarda en enterarse de la muerte de alguien que le importa mucho”. Tardé en enterarme lo mucho que podía importarme una gata, cuánta lealtad y amor pueden ofrecer a nuestra vida. No lo olvidaré nunca. Adiós Zafira.    

Partipasión, como elección racional

Cada vez me entero de más amistades y gentes cercanas que están amenazadas por la Crisis. Familiares que ven su empleo amenazado, amigos que no saben cómo llegar a fin de mes, teniendo que renunciar a unos derechos y un nivel básico de bienestar, echados de sus casas por no poder pagarla, renunciando a pensar en cualquier futuro, hipotecado por un crecimiento despiadado y loco.

Cada vez hay más gente de mi entorno personal que piensa en irse fuera de España. Una hija quiere quedarse en Praga después de sus prácticas. La otra solo piensa en irse de emergencia humanitaria en cuanto pueda (y ya lo ha conseguido, mañana se va a Sud Sudán). Los sobrinos de un amigo se van a Bélgica, los ecuatorianos de mi pueblo hace tiempo que emprendieron la marcha, y mi amigo Samad me habla de planes de futuro para su empresa pensando ya más en Marruecos que en España, de donde ahora es ciudadano.

La sensación es de “salvase el que pueda”, empezando por los de arriba que ya no se molestan ni en disimular. El Rey se va de caza, el gobierno

La Revolución Neoliberal que está produciendo todo este sufrimiento, se basa en el pensamiento único de que la solidaridad no era racional. Un compañero del IESA tradujo la paradoja rawlsiana del free rider como del gorrón. De acuerdo a la Elección Racional, en que se basa el pensamiento neconservador, La lógica de la acción colectiva, en esta sociedad de gorrones, cuestiona los bienes públicos (como la salud, la seguridad, el bienestar y la dignidad) porque todos nos beneficiamos de ellos aunque no hagamos nada para conseguirlos. ¡Menuda proyección! Piensa el ladrón que todos son de su condición.

Entonces se me ocurrió la paradoja del gordo como argumento alternativo: el pensamiento de “¿Y si (no me) toca?”, que hace jugar a todo el país a la lotería, otro de los pedazos del alma que nos quieren expropiar.

La mayoría de los bienes que tenemos la gente buena de este país son colectivos y necesariamente públicos. Las escuelas donde estudian nuestros hijos, los centros de salud donde vamos cuando estamos enfermos, el agua que sale de los grifos, la limpieza y recogida de basura, la vida comunitaria segura y amable que tanto nos gusta, para la bulla, la verbena, la buena vida, que tantas divisas nos da.

Ahora que con la excusa de la prima de riesgo alemana, nos quieren convertir a todos en chinos, conviene recordar que, para quienes estamos en el sur, la solidaridad es una elección racional. Hay que mantenerse solidarios y generosos, preguntarse por quienes lo están pasando mal, manifestarles nuestra amistad. No solo por altruismo, es que nos puede tocar. Así que mejor nos quitamos la caca del coco y volvamos todos tomar la plaza. El #12M15M podemos manifestar de forma amistosa nuestra solidaridad y nuestro rechazo más firme a este intento de imponer un mundo despiadado e injusta. Hoy más que nunca PARTICIPASIÓN.

Simien Mountain

Dos días de “Safari” por las Simien Mountain, un parque natural a 3200 metros de altitud en el que se encuentran monos babuns, antílopes y toda clase de pájaros. Pero lo espectacular son las vistas desde el acantilado que se recorre durante horas mirando a un mar de tierra interminable. Lástima que el viento que ha estado soplando estos últimos días creara una nube de polvo que impedía ver todo el panorama con claridad.
Hemos subido en jeep desde Gonder por carreteras y pistas de tierra que obligaban a cerrar las ventanillas cada vez que nos cruzábamos con otro vehículo. Al parque solo se puede entrar acompañado de un guarda armado con un kalashnikov, un guía y, además, el conductor y un cocinero que nos ha preparado una sopa de vegetales que sabía a gloria después de horas de caminata.
El guarda era un maestro de andar. Su forma de acompañarnos como una sombra, callado, como si solo pensara en cada paso, era toda una lección de cómo moverse por un terreno que obliga a subir y bajar a una altura donde la falta de oxígeno se empieza a notar. Gracias a su compañía hemos podido completar dos recorridos en un par de días a los que en principio yo tenía más miedo que a la escalada de Debre Damos. Dormir a más de tres mil metros es un reto para quienes estamos acostumbrados a hacerlo a nivel del mar y no tenemos el corazón para más presiones.
Por la tarde hemos vuelto a Gonder para salir mañana hacia Bahir Dar donde visitaremos las cataratas del Nilo Azul y el Lago Tana. Aquí es la época seca, los ríos llevan poco agua y las nubes son de polvo, así que estoy impaciente por ver lo que los etíopes llaman un mar.
Hoy estuvimos entre monos, podremos ver hipopòtamos mañana? Esto empieza a parecerse a un documental de la dos, será por eso que ya echo de menos el sofá de casa?

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Epifanía

    (Hace un par de años, un amigo de los que uno sabe cercanos aunque casi ni conozca, comentó la feliz coincidencia de cumplir años en Reyes. Ahora que es él quien cumple los cincuenta, he rescatado de mi diario el texto que escribí entonces.)
    Para José F. Gras

Nacer el día de los Reyes tiene su miga. Te convierte en alguien especial, aunque no lo seas. Todo el mundo parece celebrarlo pero, en realidad, no es porque tu hayas nacido. De hecho, terminas por darte cuenta de que la coincidencia te impide celebrarlo y que en la confusión pierdes un regalo.

Creerte alguien especial te hace sentir solitario, sobre todo si naces en las costas aborígenes de mi infancia, donde cualquier aparente privilegio producía envidia y culpa. Te sientes identificado con el Niño Dios al que todos traen regalos. Ese niño en realidad desnudo, dejado en el pesebre, al solo calor de un pobre buey preocupado por “aspirar un ángel”, como en el precioso artículo “El buey y los ángeles” que hace unas navidades publicó en El País Gustavo Martín Garzo y al que pertenecen todas estas citas:

También Jules Supervielle, el poeta uruguayo francés, escribió un relato sobre los animales del portal. Se titula El buey y el asno del pesebre, y es una delicada muestra de amor a esas criaturas inocentes cuyas figuras de barro tantas veces pusimos en nuestra infancia junto a la cuna del Niño. Supervielle nos cuenta esa historia desde los ojos de un narrador imprevisto: el buey que vive en el portal. Es un relato de un extraño lirismo, pues lo que nos conmueve del buey es esa capacidad para relacionarse con lo no revelado todavía, con ese ámbito de lo invisible que constituye la esencia de la poesía. El buey de Supervielle asiste asombrado a lo que tiene lugar a su alrededor. Ve al Niño que acaba de nacer y se pone a calentarle con su aliento. Todo se vuelve maravillosamente difícil para él. Los ángeles no paran de ir y venir, y acude gente humilde cargada de regalos. Cuando sale al campo se da cuenta de que hasta las piedras y las flores saben lo que ha pasado, y están nimbadas de luz. Y el pobre se pasa las noches en vela, arrodillado junto al niño, viendo aquel mudo celeste que penetra en el establo sin ensuciarse. Esa dicha le conduce al agotamiento más extremo y cuando por fin María, José y el Niño se alejan con el asno, en busca de un lugar más seguro, no puede seguirles, y se queda solitario en el establo, donde muere, sin llegar a entender nada de lo que le ha pasado. José Ángel Valente, al comentar este relato, y lamentándose de que tantos hombres hayan llegado a perder el sentimiento de lo poético, escribe: “Ignoran tanto hasta qué punto los rodea lo invisible, que ni siquiera tienen la prudencia de aquel buey de un delicioso cuento de Jules Supervielle, que en el colmo del júbilo ‘temía aspirar un ángel’, tan denso está el aire de espirituales criaturas”(…).

Quien en realidad termina tragándose la Epifanía es ese niño cuya imaginación no termina de acostumbrarse a la realidad. Confundido desde el día en que vino al mundo, se pasa la vida siendo un iluso. Alguien que no puede vivir sin ilusiones, con las que la realidad se confunde y entremezcla. Ser un niño imaginativo y solitario, mimado, envidiado, extrañado, es uno de esos regalos que te marcan para toda la vida, como que te pongan un nombre largo y raro.

Te hace creer que el mundo, la vida y sus cosas, están a la altura de tus ilusiones. Te llevan a perseguir a la gente para jugar con ellas como si fueran figuritas de belén. Terminas siendo un embaucador embaucado, que es el primero en creerse sus propias ilusiones, la principal víctima de sus trampas. Un incauto siempre dispuesto a perder para que alguien gane y sigamos jugandon. Alguien con una curiosidad y una gula insaciable, dispuesto aparentemente a comerse el mundo.

Hasta que un día, afortunadamente, se le pincha el globo. Se le empacha la imaginación de tanto dulce. Se le cansa el corazón de tanto correr del miedo y para ponerse delante de los demás. Tropieza, tiene un accidente y parece que ya no podrá levantarse más.

(…)Es la misma atmósfera de los frescos que el Giotto pintó en la capilla de los Scrovegni, en Padua. En uno de ellos, María permanece en el lecho y tiende sus manos para tomar agotada a su hijo, y a su lado están el buey y la mula mirándoles. Muy cerca, junto a un san José, misteriosamente ausente, adormecido, hay un rebaño de ovejas y dos pastores, que miran hacia el cielo, donde varios ángeles revolotean sobre el techado de madera como si hubiera tomado alguna sustancia psicotrópica. Todo está detenido y, a la vez, ardiendo, lleno de luz, como si hombres, animales y ángeles fueran presas del mismo hechizo. Una de las cosas que más me conmueve de esta historia, la más hermosa del universo cristiano, es este extraño protagonismo de los animales: que las pobres bestias estén al lado de los hombres y los ángeles participando en un plano de igualdad de la misma revelación.

Y entonces pasa el milagro de verdad. Aprendes que lo verdaderamente heroico no es parecerse a los dioses, sino mantenerse mínimamente humano; que el dolor y la muerte es lo que nos hace más únicos y divinos; que el alma es lo que nos liga a la vida y a los demás; que lo que nos lleva por la vida no es el destino, sino el sentido que le queramos dar; y que lo único que necesitamos para esa eternidad del instante final en el que nos preguntaremos si ya estamos muertos, es nuestra capacidad para estar con nosotros mismos y habernos sentido parte de todo los demás.

La epifanía se encarna y tú ya no eres más que un niño de verdad. Las figuras del Belen se vuelven humanas: la madre da calor, los pastorcitos se vuelven amigos de toda la vida y los Reyes Magos de Oriente te regalan Oro, Incienso y (como yo siempre creí en mi infancia murciana) Migas. Oro, como símbolo de riqueza; Incienso para los sentidos y…. ¿Migas? Para las Migas necesitas hacer un periplo a tus orígenes. Recuperar los pasos perdidos y hacerte cargo del camino que te ha traído hasta aquí. Darte cuenta de todo el cariño del que te has rodeado para cuando ya los padres no puedan ser tus Reyes Magos.

Coleridge pensaba que la verdadera poesía debía transmutar lo familiar en extraño y lo extraño en familiar, y es justo a eso a lo que asistimos aquí. James Joyce llamó epifanías a estos instantes de comunicación profunda con las cosas, y es esa capacidad para transformar el detalle trivial en símbolo prodigioso la que transforma esta ingenua y antigua historia en verdadera poesía. Eso es una epifanía, una pequeña explosión de realidad que hace del mundo el lugar de la restitución. Miles de niños nacen en el mundo a cada instante y no todos tienen, por desgracia, la misma suerte; pero basta con que sean recibidos con amor para que algún buey aturdido ande cerca y exista el peligro de aspirar alguna criatura invisible al menor descuido.

Una vida y mil cunas.

Cuenta Pilar del Río que José Saramago decía que lo mismo que estamos nueves meses en este mundo sin haber nacido, posiblemente estemos también algún tiempo por aquí una vez muertos. Hace poco murió mi madre, lo hizo con la sencillez y discreción con que siempre hizo todo en la vida. Llevaba dos años enferma y tuvimos el tiempo no solo de despedirnos, sino de vivir la etapa más intensa de nuestras vidas juntos. Cuando al principio de su enfermedad me fui a pasar temporadas con ella, les contaba a los amigos que me estaba terminando de criar. Pero entonces no sabía que la mayor lección que me daría sería, precisamente, la última: cómo morir y hacer de ello un acto con todo su sentido: el sentido de toda una vida. Os dejo el texto que la familia hemos preparado como obituario. /em>

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El pasado 27 de Octubre falleció Ana Méndez España. Anita, como cariñosamente se le conocía, había nacido en 1931 en Los Almagros (Fuente Álamo, Murcia) pero enseguida se trasladó al vecino municipio de Mazarrón de donde era su familia paterna. Fue a la escuela de Dª Manolita y se casó con el Práctico del Puerto Mazarrón, oficial de juzgado, industrial y Cónsul Honorario de Portugal, Antonio Sáez Hernández, quedándose viuda en con solo 36 años.

Con dos hijos a su cargo, monta una red de mujeres dedicadas a la fabricación doméstica de prendas de punto que dio empleo a 50 personas. Poco después, en 1970, se gradúa como una de las primeras mujeres Administradoras de Fincas y se convierte en Gerente de varias urbanizaciones que contribuyen al desarrollo turístico del municipio. Preocupada por el cuidado y bienestar de su pueblo, en la Transición impulsó la primera asociación de vecinos que se creó en el Puerto, de donde salieron algunos de los primeros alcaldes democráticos del municipio.

En 1983 decide dedicarse a la labor social, que desarrolla al amparo de la Iglesia de quien siempre ha sido una devota seguidora, para lo que se traslada a Murcia y colabora con Jesús Abandonado. Allí es llamada para dirigir la recién creada Casa Sacerdotal siendo obispo D. Javier Azagra quien por su confianza personal, experiencia emprendedora y su visión de futuro sobre la atención a los más necesitados, le encarga la creación de la Fundación Jesús Abandonado de cuyo Patronato fue Presidenta durante los primeros cuatro años. En esta etapa promueve la construcción de la actual Residencia Santa Catalina, donde se va a vivir para trabajar con las personas sin hogar, y la instalación de un nuevo comedor en Murcia para transeúntes. En 1993 recibe el reconocimiento “Mano de la Solidaridad” otorgada por la Hermandad de San Juan de Dios, con quienes deja concertada la gestión de los centros.

Voluntaria de la Hospitalidad de Lourdes, a la que dedicó gran parte de sus vacaciones durante más de 20 años, vuelve a Puerto de Mazarrón cuando se jubila donde sigue desarrollando sus actividades: organiza Cáritas Parroquial, es nombrada Mujer Mazarronera 2002, Presidenta Honoraria de la Fundación Iniciativa Social y Presidenta del Centro de Día de Personas Mayores.

Anita falleció a consecuencia de un cáncer de pulmón que le diagnosticaron poco después de que volviera a ser abuela de dos nietos venidos de Etiopía. En los últimos meses de su enfermedad, que llevó con la paciencia y sencillez con que siempre hizo las cosas, estaba preocupada por la hambruna en África y se había puesto a pedir dinero para el proyecto de las Misioneras Combonianas. Este proyecto consiste en dar una cuna con mosquiteras a las madres que acuden a dar a luz al centro de salud. Sus últimas palabras fueron para decir dónde tenía guardado el sobre con el dinero que había recogido para un proyecto que, con tres euros por cuna, sirve para mejorar la atención a la madre mediante condiciones higiénicas mas salubres a la hora del parto y prevenir las picaduras de los mosquitos que transmiten la malaria al bebé, una de las causas de mortalidad infantil más frecuente en la zona.

Conocedores de lo crítica que era con los gastos superfluos de las celebraciones, la familia pidió en el funeral, oficiado en su Parroquia de San José de Puerto Mazarrón por el Vicario D. Antonio León y cuatro sacerdotes amigos, que el dinero que fuera a ser gastado en flores se destinara a las cunas. Ana se fue dejando mil cunas para los niños de África. Mil cunas y una vida.

En este mes largo que ha pasado desde que Ana Méndez nos ha dejado, se están celebrado homenajes y misas en su memoria en la que mucha gente ha querido sumarse a este último gesto de generosidad y esperanza hecho por una mujer discreta y sencilla. Quienes siguiendo su ejemplo quieran hacerlo, pueden mandar su contribución directamente a la cuenta de las Misioneras Combonianas (0075-0167-21-0701061947) poniendo en el concepto Cunas (Etiopia) Ana Méndez España.